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05-03-2010 Cuarteto Beethoven



Programa

J.S.Bach Contrapunctus 18, Fuga a 3 soggeti (De 'El arte de la fuga' BWV 1080)
L. Van Beethoven Cuarteto en Do sostenido menor, Op. 131
F. Mendelssohn Cuarteto en La menor, Op. 13

"Propina": Schumann "Adagio", inspirado en la Sinfonía Nº 9, de Beethoven.

27-02-09 - Nº 10 - Dúo Ungureanu-Croituru (piano y violín)

Dúo Ungureanu-Croitoru (Piano y violín)

1. Johannes Brahms (Hamburgo, 7.05.1833 – Viena, 3.04.1897)
Sonata para violín y piano en La mayor, Op. 100.


Escrita en 1886 en Hofstetten, cuando Brahms veraneaba junto al lago de Thun (en Suiza), y editada en Berlín en 1887, es la segunda de sus tres sonatas para violín y piano. Fue su su amigo el escritor y poeta Widmann quien vinculó la sonata con el lago, llamándola “Thunersonate”, etiqueta que aun hoy lleva como reflejo de un inmortal paisaje. Muchos biógrafos advierten otro elemento positivo en torno a Thun: la figura de Hermine Spies, cantante e intérprete refinada de los lieder alemanes y, en particular, los de Brahms, algunos de ellos, compuestos en ese lugar, son llamados en conjunto “Spier-Lieder”. Los veraneos de Brahms en lugares paradisíacos le hicieron decir que “Todo en estos lugares produce la emoción de un canto absoluto”. Esta emoción se torna en alegría de vivir y serena felicidad también en la Sonata Op. 100. Suena a primavera, a una última racha de juventud, a pesar de los 53 años de edad del músico. Fue estrenada en diciembre de 1886 por el violinista vienés Hellmesberger y el autor al piano.
1. El primer movimiento señala ya este “estado de gracia”, pleno de inspirada frescura y fluidez.
2. El segundo movimiento continúa el ambiente de serenidad del conjunto, a pesar de que hay alternancia entre fragmentos lentos con otros más rápidos, en forma de “scherzo”, pero que se mantienen unidos mediante un hábil encadenamiento de elementos contrastantes.
3. El tercer movimiento muestra una alegría más danzante y caprichosa. Se advierte cómo en cada retorno entre el andante y el vivace, la idea melódica va siendo elaborada, retocada o modificada, produciendo efectos poéticos y fantásticos.
4. Al final se confirma la amabilidad de la pieza. Su indicación “alegretto grazioso, quasi andante”, escrito en un tempo casi lento, nos viene a confirmar, definitivamente, la naturaleza distendida de esta sonata.


2. Ludwig van Beethoven (Bonn, 16.12.1770 – Viena, 26.03.1827)
Sonata para violín y piano Nº 7, Op 30 nº2.
























El opus 30 es un conjunto de tres sonatas para violín y piano compuestas en 1802 y dedicadas al emperador Alejandro I de Rusia. Entre ellas la más sobresaliente es, sin duda, la segunda en Do menor. Se caracteriza por el vigor y la pasión que suscita. Ya la sordera era más que preocupante, tanto que es ese año cuando redacta el conocido documento titulado como “Testamento de Heiligenstadt”, si bien las sonatas fueron terminadas –probablemente- antes del dramático verano pasado en esa localidad. El año anterior había escrito una carta a su amigo Wegeler que “cada día me siento más cerca de la meta que siento pero no puedo describir. Nada de descansar; voy a agarrar al destino por el cuello para impedir que me doblegue”. Este conflicto entre la sordera que ya le atenazaba y el entusiasmo juvenil con que la afronta es lo que refleja esta sonata.
Es la única de las tres sonatas con cuatro movimientos, entre los que destaca el segundo, un imponente “adagio cantabile”, uno de los más bellos escritos por Beethoven. Comenzado por el piano, es recogido por el violín quien lo desarrolla hasta llegar a una unión entre los dos instrumentos, desarrollando una habilidad extraordinaria seguida de emociones indescriptibles.
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FIGURAS: Beethoven en 1801 y los dos violines
que le regaló, junto con viola y violoncelo,
el príncipe Lichnovski cuando el compositor
compuso sus primeros cuartetos.

Es importante tener en cuenta que a finales del siglo XVIII, es decir, muy poco antes de que Beethoven escribiera obras para violín solista, los violines existentes en Europa comenzaron a sufrir cambios estructurales para proporcionarles mejores propiedades sonoras. Ya los conciertos de Vivaldi – y no digamos los de Bach- exigían un protagonismo que desbordaba las (ahora lo sabemos) suaves sonoridades del violín barroco. En definitiva: Beethoven escribe ya para un violín barroco al que se le han hecho alguna -o muchas- de las reformas estructurales siguientes: alargamiento del diapasón, engrosamiento de la barra armónica, una angulación del mástil (y por tanto, también del diapasón) en relación con el cuerpo del instrumento, una mayor altura del puente, las cuerdas empezaron a no ser de tripa, cambios en la forma y longitud del arco, etc. Estos cambios dieron lugar a una sonoridad del instrumento que gustaba cada vez más a compositores e intérpretes, de modo que tuvo que llegar el momento en el que ya se fabricaran con esas modificaciones incorporadas, cosa que ocurrió definitivamente a mediados del XIX de la mano del luthier francés Vuillaume.

3. César Franck (Lieja, 10.12.1822 – París, 08.11.1890)
Sonata para violín y piano en La mayor.


Órgano de Sta. Clotilde, París.





















César Franck fue organista de la iglesia de Santa Clotilde, en París, durante más de treinta años, escribiendo para este instrumento el la gran mayoría de su obra. Profesor de varias generaciones de músicos, era ordenado, bondadoso y serio. Su personalidad musical maduró lentamente, estando ligada a una especie de neoacademicismo impulsado y representado por él mismo, por lo que recibió el nombre de “franckismo”. Sus mejores composiciones fueron creadas después de cumplir los 50 años, cuando ya había desarrollado el “método cíclico”, un procedimiento formal que aplicaría a casi todas sus obras, entre las que destacan, aparte las escritas para órgano: Quinteto para piano y cuerdas, El cazador maldito (poema sinfónico), Preludio, coral y fuga (para piano), Variaciones sinfónicas, Sinfonía en re menor, Cuarteto para cuerdas y su espléndida Sonata para violín y piano en La mayor.
Esta última es una de las obras para violín y piano más conocidas y más frecuentemente interpretadas. Escrita en 1886 y dedicada a Eugène Ysaye, quien la estrenó en Bruselas el 16 de diciembre de ese mismo año, es un reflejo de su constante y profunda preocupación con respecto a la forma sonata.
Los cuatro movimientos están unidos por la recurrencia de temas relacionados, una técnica derivada de Beethoven y que Franck refinó y perfeccionó durante años de experimentación. Este hecho contradice en cierta manera la afirmación de algunos críticos de que esta sonata es “una obra maestra incuestionable de la música de cámara francesa del siglo XIX”. Alemana, francesa o belga, da igual: estamos ante un ejemplo de arte pleno, patrimonio de la humanidad, una sonata en la que domina el trasfondo de un “principio cíclico”, el cual es manejado por Franck de manera tan consumada y certera que el oyente no tiene conciencia de la intrincada estructura que la sustenta, y eso es característico de las obras geniales. Sus cuatro movimientos discurren a lo largo de un tiempo de duración casi sinfónica. Como todas sus mejores obras, ésta fue compuesta durante sus últimos años de vida, que fue cercenada de la manera más inesperada al ser atropellado por un tranvía.
La serenidad de la melodía del violín al comienzo va ganando en intensidad hasta un rico y apasionado clímax. Inmediatamente, casi sin pausa, irrumpe el segundo movimiento, lleno de expresividad. El tercer movimiento presenta una bien moldeada calidad de improvisación. Pero es el cuarto movimiento el que va a cambiar el clima inesperadamente. El compositor introduce reminiscencias de los movimientos previos, formando un fluído ir y venir de temas acabalgados y apasionados, llenos de énfasis. Todo fluye de manera tan natural que no nos enteramos del trasfondo técnico que construye este canon que es, en realidad, la esencia de este fantástico final.FSE
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15-01-09 - Nº7 - TRÍO KANDINSKY


TRÍO KANDINSKY (Piano, violín y violoncelo)

Franz Joseph Haydn (Rohrau 1732- Viena 1809).
Trío para violín, violoncelo y piano, en Sol M (Hob.XV.25)


Haydn fue un caso excepcional en música. Ante todo por su magisterio ejercido durante todo el período clásico, pero también por ser el único de su tiempo que vivió los tres estilos y épocas más importantes de la música occidental: nació durante el esplendor del barroco tardío y hasta le dio tiempo de componer obras en estilo barroco y ser protagonista de muchos acontecimientos relacionados con él. Vivaldi, Bach y Handel estaban en la cumbre de su arte. (Asistió a la interpretación de “El Mesías” en Westminster Abbey, de Londres, en 1791. Sobrevivió a todo el periodo clásico (sus propias obras, todas las de Mozart y las del primer estilo de Beethoven) y llegó a convivir con los primeros destellos del romanticismo (segunda época, o estilo, de Beethoven: su ópera Fidelio, seis primeras sinfonías, los cinco conciertos para piano y orquesta, nueve primeros cuartetos para cuerdas, Fantasía coral, Concierto para violín, las 23 primeras sonatas para piano y otras obras igualmente importantes).

Su Trío en Sol mayor pertenece a una colección de 15 tríos escritos entre 1794 y 1795. Tienen el privilegio de ser las primeras obras a las que se les puede llamar “música de cámara verdadera” ya que hasta entonces, este tipo de obras se titulaba “sonata para piano con acompañamiento”, compañeros instrumentales que se limitaban a “doblar” algunas de las partes del piano. Hay que recordar el paralelismo con los tres Tríos para piano, violín y violoncelo, Op.1, de Beethoven, compuestos un año antes y que fueron editados con el nombre de 'Tríos' en octubre de 1795.
Es característico de este Trío (Hob. XV.25) su tercer movimiento, titulado, ya en su primera edición mencionada, como “Rondo in the Gypsie’s stile”. A él se debe el aroma “gitano” de muchas obras de finales del XIX.


Ludwig van Beethoven (Bonn 1770- Viena 1827).
Trío para piano, violín y violoncelo, en Si bemol mayor, Op.11.


Escrito y publicado en octubre de 1798, justo tres años después del Trío de Haydn ya escuchado. La parte de violín está escrita para que pueda sustituirse por un clarinete.
(Beethoven en 1788)

De nuevo, lo más interesante de esta obra es el tercer movimiento, unas variaciones sobre un tema tomado de una ópera de Weigl (L’amor marinaro). Los comentarios de la Allgemeine Musikalische Zeitung incluían una antagónica opinión: “Beethoven tiene un brillante futuro si deja de escribir con tanto rebuscamiento”. Esta obra dio lugar a una de las anécdotas más curiosas de entonces. Fue presentada por primera vez en una velada musical en casa del conde Fries a la que asistió Steibel, el cual hizo unos comentarios algo despectivos y tocando él mismo una obra propia de mucho efecto debido al “tremolando”, especie de “efectos especiales” que le gustaban mucho. Más tarde, de nuevo en la misma casa, Steibelt se creció e improvisó sobre el tema de Beethoven, lo que molestó mucho a éste y a sus admiradores. Era cuestión de honor, de modo que Beethoven se sentó al piano, cogió la partitura de la obra de Steibel, la colocó de cualquier forma sobre el atril e improvisó de tal manera que Steibel, indignado, abandonó la sala antes de que Beethoven terminara. Desde entonces, aceptaba invitaciones si Beethoven no asistía. Ya se sabe que las anécdotas, cuanto más bonitas, más probabilidades tienen de ser inventadas... pero “si non e vero, e ben trovato”.


Felix Mendelssohn (Hamburgo 1809–Leipzig 1847)
Trío Nº1 para piano, violín y violoncelo, en re menor, Op.49.

A los tres meses de componer este trío en octubre de 1839, su autor hizo algunas modificaciones en la partitura, accediendo a las sugerencias de su amigo F. Hiller, quien había conocido el estilo virtuosístico de Chopin y Liszt en París. Le hizo ver que el trío quedaba “anticuado”, al menos en su parte pianística. Mendelssohn reescribió algunos fragmentos de la partitura del piano en septiembre del mismo año.



Con estas revisiones, la obra fue presentada ante Schumann, quien publicó un artículo muy elogioso en su periódico, comparándolo con los de Beethoven en re menor y en Si bemol mayor (que se interpreta hoy). El estreno tuvo lugar en Leipzig el 1 de febrero de 1840 con el autor al piano. Consta de cuatro movimientos:
1. Molto allegro agitato. Es un ejemplo del carácter romántico de la época y en él se aprecia ya el virtuosismo recomendado por Hiller. Entre este clima y la melódica cantinela del violoncelo discurre este movimiento.
2. Andante con moto tranquillo. Comienza con un episodio para piano solo a modo de ’romanza sin palabras’. Cuando entran las cuerdas, el piano accede a ser un mero acompañante.

3. Scherzo: leggiero e vivace. Se trata de uno de los ‘scherzi’ más logrados de Mendelssohn. Escrito el mismo año que el Romeo y Julieta, de Berlioz, parece que ambos compositores hubieran sido tocados a la vez por la misma musa inspiradora. Sus ritmos y el contraste de sus sonoridades producen una curiosa sensación de estar escuchando una orquesta.
4. Finale: Allegro assai appassionato. Comienza con una especie de baile campesino, primero en el piano y pasando luego a las cuerdas. Escrita en forma de rondó-sonata, se alternan los pasajes entre el estribillo, tocado a solo, y las partes corales que se tocan en conjunto. Este tipo de forma fue muy usado a finales del XVIII y, especialmente, en la primera mitad del siglo XIX.

Mendelssohn, un romántico atípico.
Mendelssohn desarrolla su actividad artística en apenas 22 años, los que van de 1825 (Sus primeras obras de importancia son el Octeto de cuerda, de 1825 y la Obertura para un Sueño de Verano, de 1826) hasta su muerte en 1847. En esos años el movimiento romántico se dirigía de manera irrefrenable hacia un estilo que era nuevo sólo en parte y al que, desde aproximadamente a mitad del siglo, se llamaría Neorromanticismo. A los románticos de la primera mitad del siglo se les colgó el sambenito de retrógrados, mientras que ser romántico en la segunda mitad (o sea, ser neorromántico) era sinónimo de progresista. En este paisaje, ¿dónde colocar a un músico que era admirado sin reservas por sus contemporáneos progresistas (Schuman es un ejemplo de ello) y que, por otro lado, los progresistas de las generaciones posteriores rebajaron al rango de epígono de épocas pasadas, alguien convencional por su apego a la perfección de la forma clásica?. Esta contradicción dió lugar a que Mendelssohn fuera calificado de “clasicista romántico” o “solitaria encarnación de un imposible romanticismo feliz”. En el panorama musical de los años treinta y cuarenta, Mendelssohn surgió realmente como una nueva figura de artista. Su familia berlinesa de origen judío gozaba de prestigio social y económico: Su padre, Abraham, era banquero; la madre, Lea Solomon, procedía también de familia de banqueros; su abuelo, Moses, filósofo de gran prestigio en el ámbito del iluminismo alemán. Desde estas bases, nuestro músico parecía querer encarnar por un lado la definitiva consolidación de la burguesía como clase dominante en la cultura musical (como añadido a lo que ocurría con las otras artes, sobre todo en la literatura), y por otro, borrar la imagen del músico como alguien subalterno y dependiente de un noble, reyezuelo o cualquier otro tipo de amo. En este sentido, se presenta ante el mundo como una confirmación de lo conseguido por Mozart unos cuarenta años antes al ser expulsado por una real patada en el trasero. Por tanto, estamos frente a un músico libre, desinteresado, decidido y ajeno a compromisos del gusto corriente (más bien enfrentado ásperamente con éste). Mendelssohn supo alinearse con aquellos que estaban en contra de la “derecha carca” sin por ello mezclarse con las turbulencias de la “izquierda revolucionaria” (recordemos que estamos en los años posteriores a las luchas napoleónicas). Parecería que, entonces, lo que queda es el centro moderado y hasta mediocre. Pero no ocupó ese lugar, sino que permaneció como un elemento renovador, manteniendose al mismo tiempo al margen o por encima de esa división dual de la historia, el pensamiento y el arte. (Notas tomadas, no literalmente, de la magnífica monografía de Renato Di Benedetto sobre la música en la primera mitad del siglo XIX).

16-10-08 - Nº 1 - Iván Zenaty-M.Kasik (violín y piano)

Dúo Ivan Zenaty - Martin Kasik (Violín y piano)





Vitezslav NOVAK: Sonata para violín y piano en Re menor
Novak pasó su infancia entre continuos cambios de la salud a la enfermedad. Las finanzas familiares no eran sobradas y conoció la pobreza verdadera a sus 12 años, tras la muerte del padre. Era un niño tímido y retraído, lo que dio lugar a ser considerado por su entorno como ‘retrasado’ sin serlo. Quizás por ello no mostró su potencial musical hasta llegar a la escuela secundaria. En 1889 fue a Praga a estudiar derecho y, de paso, composición musical en la Academia de las Artes, donde tuvo como profesores a Knittl y Strecker. El segundo intervino para que se le admitiera en las clases de Dvorak, quien detectó enseguida las dotes musicales del nuevo alumno. Novak hizo amistad con Josef Suk, quien también estudiaba con Dvorak, y ambos pasaron a ser los descendientes de la rama romántica musical surgida del maestro. (Este Josef Suk I -1874 a 1935- sería abuelo de Josef Suk II, nacido en Praga en 1929, con el que Zenaty colaboraría en 1988)

La Sonata para violín y piano en Re menor es una obra de juventud, siendo terminada en diciembre de 1891. Aunque la compuso bajo la supervisión de Dvorak, quien le hizo siete revisiones del primer movimiento, curiosamente se detecta más en ella una influencia del pianismo romántico de Chaikovsky. Se estrenó el 8 de julio de 1892 en el Conservatorio de Praga, por el violinista Kelf Hoffmann y el autor al piano, en presencia de Dvorak durante un concierto de sus mejores alumnos.

LEOS JANACEK: Sonata para violín y piano.
Hijo y nieto de maestros, estudió en un convento de los Agustinos, siendo después alumno de la Escuela Normal, llegando a ser maestro. Estudió órgano y composición en las ciudades de Leipzig y Viena. En 1881 fundó en Brno su propia escuela de órgano, que dirigió hasta 1919. Desde 1886 se dedicó a recoger y coleccionar canciones populares moravas.



Después de escribir algunas obras en la línea romántica y nacionalista de Dvorak y Smetana, comenzó a destacarse por su escritura coral basada en el folclore auténtico de su tierra. En 1890 comenzó su carrera operista, componiendo en total nueve óperas que lo convirtieron en un maestro del género.

La Sonata para violín y piano, escrita en 1914 pero no editada hasta 1922, pertenece a su último periodo compositivo y fue la única que llegó a terminar de las tres que comenzó. De hecho, en esta sonata aprovecha el tercer movimiento, ‘Balada’, de la segunda, que quedó inconclusa en 1808. En la revisión de 1922, quedó en cuatro movimientos: 1. Con moto; 2. Balada; 3. Allegretto y 4. Finale (adagio, maestoso, adagio).
Es una obra de difícil interpretación por la variada combinación de ambientes expresivos cambiantes y diferentes. Revisada por Josef Suk, quien alineó algunos acordes que le parecían simultáneos, la obra quedó con el camino libre para una lectura clara y satisfactoria. El estreno tuvo lugar en Brno en 1922, siendo tocada ese año en Praga y luego en Salzburgo.






LUDWIG van BEETHOVEN: Sonata para violín y piano Nº 9, en La mayor, Op. 47 (“Sonata a Kreutzer”).
Es la más célebre de las diez sonatas para violín y piano del autor, escritas entre 1795 y 1802, años en los que Beethoven intenta ser amable con el círculo de los diletantes musicales vieneses de la época. Sus delicadas sonoridades iban dirigidas a ese fin. Sin embargo, algo diferente hay en la Sonata Nº 9 que, en el ámbito en que aparece, resulta ser una obra “desconcertante” y de excepcional brillantez y virtuosismo. La comprensión de este estilo nos la proporciona el título (paradógico en relación a lo dicho) que aparece en la primera edición: “Scritta in uno stilo concertante, quasi come d’un concerto”. Aquí los dos instrumentos son protagonistas con el mismo derecho, se van pasando los temas alternativamente el uno al otro para conformar finalmente una especie de dúo de amor-odio entre violín y piano, excitante, magnífico, apasionado y original. Los intérpretes han de ser virtuosos de su instrumento y ninguno debe jugar un papel de sencillo acompañante sino que ambos compiten en habilidad técnica y en intensidad de expresión. Tal vez de este desencadenamiento animoso de dos energías que se persiguen, se buscan y se emulan, esta sonata adquiere ese carácter un tanto demoníaco que le a creado en torno una verdadera leyenda literaria. El musicógrafo francés Jean Chantavoine ha hecho notar que se aprecia en esta sonata una “verdadera lucha cuerpo a cuerpo entre los dos instrumentos”. Y Emil Ludwig va más allá al escribir en su biografía de Beethoven que “representa, como ninguna otra sonata de violín, la atracción y el celo entre piano y violín; una atracción entre ambos sexos, pues se trata de una lucha erótica”.
La obra, a pesar del virtuosismo que requiere de los intérpretes, no es una sucesión de números circenses; por el contrario, sus dificultades estimularon a los solistas de la época y se puede decir que con ella comienza a desvanecerse el mundo de la sonata para aficionados, apareciendo por fin el estatus de experto en interpretación musical, figura que Mozart y Haydn ya preveían pero que no llegaron a fijar del todo. Es más, esta culminación y la especialización que implicaba iba a desbordar el campo de la música y extenderse a todas las demás artes, como por ejemplo, el cuadro de L. L Boilly titulado “Preludio”, la novela de Tolstoi “Sonata a Kreutzer”, de 1889, el cuadro que pintó René Prinet en 1901 y titulado como la sonata o el primer cuarteto que compuso Leos Janacek, al que también tituló con el nombre de “Sonata a Kreutzer”.

Terminada en 1802, año en que la incipiente sordera ya estaba haciéndose inquietante y en el que escribió el famoso Testamento de Heiligenstadt, fue estrenada en mayo de 1803 por el violinista mulato George Bridgetower, quien tuvo poco –o ningún- tiempo para ensayar y la tocó con la partitura manuscrita y casi esquemática.
























En un principio fue dedicada al intérprete, pero entre ambos músicos surgió después cierta desavenencia –al parecer por pretender a la misma dama- y finalmente, cuando fue publicada en 1805 llevaba la dedicatoria “Al hábil violinista Rodolphe Kreutzer”, muy estimado por Beethoven pero que no llegó a tocar nunca la obra por considerarla “ininteligible”, calificativo que se queda corto al lado de la opinión que comenzó a circular en Viena, tachándola –por increíble que ahora nos parezca- de “terrorismo musical”. Asimismo, la crítica de la revista musical más importante de entonces, la “Allgemeine Musikalische Zeitung”, dijo de ella que “Beethoven había llevado su prurito de originalidad hasta lo grotesco”. Ante esta clase de comentarios Beethoven diría más tarde que “Jamás he prestado atención a lo que se ha escrito sobre mí [...] Pienso, con Voltaire, que unas picaduras de mosca no pueden detener a un caballo en su fogoso galopar”. Beethoven cabalgaba en ese momento por los comienzos de su segundo estilo, (según la clasificación de Lenz), claramente separado ya de sus años de Bonn y escrutando en el horizonte a ese tercer estilo, que sería la cima de la música de occidente. De hecho, pocos meses después daría a conocer su Tercera sinfonía, la Heroica, un hito en la carrera musical del autor y en la historia de la música en general.



La Sonata consta de tres movimientos que, siguiendo el antropomorfismo que he usado antes, se podrían describir de la siguiente manera:
1. Adagio, presto, adagio: Comienza con un acorde del violín que es contestado por el piano. En menos de dos minutos comienza la tormenta; ambos instrumentos se pelean, se interpelan, se lanzan reproches y se reconcilian varias veces. Luego caminan juntos, se separan, discuten, se suaviza la lucha y al final acaban hablando los dos a la vez acaloradamente.
2. Andante con variazioni: El piano empieza con una frase dulce y conciliadora que es contestada inmediatamente por el violín con la misma suavidad. Parece que han decidido darse mútuamente un respiro, entablándose un diálogo magnífico en el que, mientras uno habla, el otro casi lo apoya en sus argumentos con breves comentarios pero sin interrumpir nunca. Suena así uno de los momentos más sublimes en la música de Beethoven.
3. Finale, presto: El enérgico acorde del piano con el que entramos en el final es un claro desafío al violín y viene a decir “¿preparados?”. Resurge la disputa, reforzada con nuevos argumentos (nuevos temas); hablan los dos, a ratos en paralelo y otros a la contra. Parecen irreconciliables, pero finalmente, tras unos segundos de intimidad, se resuelve todo con un final de ambos al unísono.



Una reflexión sobre la Sonata a Kreutzer
No parece normal que la publicación e interpretación de una sonata para violín y piano dé lugar a un tipo de fenómenos como los señalado. Escuchada hoy en directo o en grabación esta sonata, después de más de 200 años escuchando tantas y tantas obras de semejante contraste (o incluso más), ya no constituye nada especial o diferente de otras de su género. Sin embargo, en su tiempo fue algo especial, algo que influyó en personas en general y en artistas no músicos que dieron a luz obras de arte basadas en esta música; así, Tolstoi con su novela “Sonata a Kreutzer”, Prinet con su pintura de igual título, Janacek titulando así a su primer cuarteto de cuerdas, además de la pintura de Boilly, cuyo tema es idéntico al de Prinet. Incluso su influencia ha llegado al año 1960, en que Shostakovich terminó su obra para soprano y piano “Sátiras”, basada en una obra de Sasha Chorny cuyo quinto poema se titula –también- “Sonata a Kreutzer”.

Merece la pena detenerse en los aspectos musicales de esa obra de Tolstoi. Se sabe que la audición de la sonata de Beethoven impresionó profundamente al ruso, que decidió entonces escribir una historia basada en esa música. El por qué una obra de música sin un programa o argumento pensado por el autor da lugar a que la imaginación del oyente la envuelva en una historia humana, ya sea de tipo cómico o trágico, seguirá siendo uno de los enigmas de la música. El caso es que Tolstoi produjo una obra maestra en la que conjuga con tal destreza el estilo literario y la tortuosa psicología del hombre celoso, que por momentos su lectura se hace vivamente perturbadora. Se habla en ella del efecto de la música en la gente y, especialmente, el efecto que produce esa sonata, según se lee en este fragmento:

“Esa sonata es terrible. En general, la música es terrible. ¿Qué efecto produce la música? ¿Y por qué actúa de este modo? Dicen que eleva el espíritu. ¡Es absurdo! No eleva el espíritu sino que lo estimula. ¿Cómo explicar esto? La música me obliga a olvidar la existencia, mi situación real; me transforma. Bajo su influencia me parece sentir lo que no siento, entender lo que no entiendo y ser capaz de hacer lo que no haría en condiciones habituales.”

Hasta poco antes de ese año de 1803, las sonatas para violín y piano eran más una sonata de piano con acompañamiento de violín, todo enmarcado en un ambiente de damas de la burguesía alta que tocaban el piano como adorno, como si se llevara un collar de perlas. Estaba de moda el rococó y el arte (o estilo) galante, que enjendraron ese “sonatismo para damas”. De modo que la aparición del sonatismo para profesionales debió sorprender a la sociedad. Ellos entendían las sonatas de Mozart y las de Haydn, pero encontrarse de repente con la Op. 47 fue demasiado para una época que estaba ya en franca decadencia. Además, se trataba de una sonata en la que ninguno de los instrumentos era siervo incondicional del otro; una sonata que estaba adelantando la visión de un mundo futuro en el que no habría señores y lacayos.


Una reflexión final sobre Beethoven
Hemos visto cómo la obra de Beethoven ha dado lugar a una especie de pequeño (o gran) "terremoto" en el mundo de la interpretación de la música. Realmente, él no se propuso acabar con los aficionados diletantes; eso es algo que se descubre después. Y eso es lo bueno, que no es un efecto intencionado sino espontáneo y muy natural. Y como tal, sigue siendo hoy un enigma que obras como la 'Sonata a Kreutzer' y como la Sonata para piano, Op. 106, "Hammer-Klavier", fueron una frontera que dejaron un mundo atrás que ha sido sustituído por el mundo del músico profesional en todo su amplio sentido.

En otro aspecto de la cuestión, muchos musicófilos hablan de Beethoven como si su mera existencia fuese una teofanía. Ello es comprensible en aquellos en quienes el entusiasmo desbordante y la capacidad de asombro aún están en un primer plano, mezclados -eso sí- con un poco de entrega incondicional. ¿Y quién no ha pasado una primera etapa de su filarmonía teñida de idealismo?. Con el tiempo se va uno templando y entonces no se pueden aceptar posturas extremas como las que otorgan a B. un misticismo a ultranza: Wagner lo llamó sacerdote, profeta y cosas parecidas. El editorial de una revista musical española de noviembre-diciembre de 1970, con motivo de los 200 años del nacimiento de B., contiene frases que hoy producen sonrojo; se titulaba "Beethoven, gracias" y no me resisto a citar algunas frases: "Gracias por la excelente lección que estás dando a la humanidad, lección magistral, perenne, imposible de superar por hombre alguno, ya sea religioso, politico, sociólogo, filósofo, artista ..." "del lenguaje universal inconfundible ... que aflora de tus mensajes elevados y enjendradores de todo lo que representa los valores eternos del espíritu: fe, esperanza, caridad ..." Hasta cuando el editorialista se equivoca, dando por cierta una imaginaria visita de Wagner a Beethoven, le sale el tópico y dice "No admitiste violencia alguna, amparaste toda ilusión, como la del inmenso Wagner, abriéndole tu corazón en aquella visita histórica que el autor de la Tetralogía narra en 'Una visita a Beethoven'. ¿Te acuerdas?". Y más adelante dice "Tu emotiva música, Beethoven glorioso, tiene que llegar a ser cantada por todos los pueblos con espíritu de fe, de esperanza y de caridad. Son virtudes que tú practicaste toda tu vida ...".
En fín, este acercamiento a Beethoven ha sido típico -y tópico- en casi todo aficionado joven. Aún circula por ahí una oración que empieza así: "Creo en Dios padre, en Mozart y en Beethoven ...". Ya se sabe lo que le ocurrió a Thayer, autor de una de sus biografías más detalladas: que iba desilusionándose conforme descubría aspectos "demasiado humanos" en el carácter y vida de su idolatrado biografiado.
Ahora bien, no se puede caer tampoco en el extremo opuesto y hacer de B. una especie de homínido "aséptico", que sólo hacía música para sobrevivir, calculador de todos los movimientos que hacía en su vida, alejado de toda espontaneidad y falto de entusiasmo por todo lo que de elevado, místico o espiritual tiene la existencia. Naturalmente que era un hombre, con sus debilidades y defectos, pero era un músico y un músico de primera. Sin dudar, se le puede aplicar a su música aquello que dijo Mahler de sí mismo: "Cuando compongo música, todas mis dudas quedan resueltas; más aún, siento que no existen dudas en absoluto". Beethoven hombre ha quedado como paradigma del artista emotivo puro, espontáneo, prometéico, bohemio, librepensador y filántropo. Y su música, ciertamente, produce un sentimiento de que se acaban las dudas. Hay quien afirma que "el mito de la originalidad Beethoveniana es un invento literario", pero eso es decir demasiado. Claro que tuvo sus modelos y a ellos se atiene al principio (como todos), pero también es verdad que a partir de ellos nadie de su época ha llegado más lejos que él.

Nota del 17 de octubre de 2008-
Ayer se interpretó como "propina" el segundo movimiento, "Allegro", de la Sonata para violín y piano de Cesar Franck.